jueves, 22 de marzo de 2012

SIGO...



La miro ladeando la cabeza y juego a estirarle la piel de la mano con caricias redondas de mi pulgar.
Continúa adormecida, respirando con voluntad, incómoda entre el suero hincado y el oxígeno. ¿Cómo ese cuerpo, ahora tan pequeño, puede aguantar tanto?. Abre los ojos, se quita la mascarilla y sin apenas abrir los ojos me dice que tiene ganas de vivir por lo menos otros diez años, para ver como termina la cosa, y vuelve a quedarse adormecida. Sonrío, parece que ha oído mis pensamientos, ¿qué cosa querrá ver terminar?, ¿ qué estará soñando?, es posible que se lo  haya querido dejar claro a Dios.
Mi tía empezó a servir en casa de los Cadenas, una familia antigua de velo y misa, con casa grande, comida abundante, joyas  heredadas, tierras de labor y monte de caza.  Ahí aprendió finuras, rezos, puntos y dobleces que formaban  parte de las asignaturas optativas del sistema educativo de la preguerra.
Mis abuelos se criaron alejados de bendiciones y curas, solo las misas de entierro y una figura de la Nuestra Señora del Rosario - patrona de su pueblo - formaban su catecismo,  por lo que mi tía traía la fe inmaculada y sin tradición. Recuerda que su señora le enseñó a rezar el rosario con los Misterios de Gozo, Luz, Dolor y Gloria, a participar en misa, dar limosna a los pobres, a besar el pan cuando caía al suelo  y a guardar la distancia con los hombres. Todo lo aprendió a conciencia.
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