miércoles, 8 de febrero de 2017


Camino otra tarde más entre las seis y el ocaso, entre mi calle arbusta y el ocaso geográfico de la Universidad. Ya me he acostumbrado a la tristeza de los árboles podados, y al viento que enfría las caras y así, en el hábito del invierno, puedo ir pendiente de los reflejos, los perros y las sombras.

En un tramo, cuando el sol pierde ya ganas, atraviesan rayos sueltos los setos de una manera sutil, que parecen más caricia que cuchillada, y es en ese detalle, cuando se proyecta, se insinúa sobre la arena la sombra no tan oscura, casi verde de las pequeñas hojas.

Pero no solo naturaleza, es el contraste, el aburguesamiento poético del rosicler,  los coches en su vaivén,  los semáforos en su mutación, y  un puente que dicen que no cruza.

El espectáculo de las sombras aladrilladas.

miro al suelo,
en el ocaso
verdean las sombras