Este fin de semana he andado por dos caminos: uno con destino al paraje del Carrasco - junto al río Júcar - y otro que termina en el Santuario de la Virgen de los Remedios; ambos comparten un trecho común hasta la ermita de San Isidro.
El sábado 28 de febrero inicié el recorrido desde el cementerio visitando el recuerdo de mi padre; justo hace ocho años. Ya sé que no es necesario acercarse a la frialdad horizontal de una lápida para evocar la memoria y el cariño; es solamente otra manera orgánica de estar.
La primavera metereológica comienza el uno de marzo, el campo lo sabe y comienza a verdear los primero brotes de las siembras y a la vera del camino las flores silvestres, blancas y malvas, limitan su holgura.
En algunas zonas los jaramagos blancos, como flores enjalbegadas, emiten una luz humilde y terral.
Los almendros han empezado a florecer y a oler a miel; contrastan con la sequedad emparrada de la vid y de algunos árboles desmochados.
En esta brevedad de camino encuentro de todo: unos ciclistas que saludan alegres cuando ven que voy a fotografiar la bifurcación de la senda; gente corriendo o andando; incluso un helicóptero amarillo del SESCAM posado como una libélula gigante y metálica sobre un erial barroso.
Cerca de un almendro veo lo que yo en mi niñez llamaba cuco y ahora sé que son nazarenos. Busco su taxonomía: Muscari neglectum. En sus nombres comunes hay de todo: ajo de perro; clavo de Dios; hierbas del querer; lloricas; nazarenos... Pero cuco no, me lo habré inventado.
Siempre que veo estas plantas me arrastran a mi niñez: la Fonda Oriental, mis primos y cortar los cucos para después ponerlos en un vaso con agua y esperar a que llegara el silencio de la noche para oirlos cantar haciendo: bluf, bluf.
cuaresma,
entre la hierba
los nazarenos
Ahora no los corto, ni pretendo escuchar su canto noctívago y húmedo. El haiku admira la naturaleza en su sitio y la deja en paz.
Llevo mucho tiempo andando y no aguanto más. El hombre también tiene naturaleza, no todo son flores y cielos. Me aparto del camino y en ese escondite miccionario y púdico contemplo el paisaje.
al orinar,
los pétalos del almendro
motean la hierba




