Dejamos el albergue sevillano sin saludar a la guardesa alemana que nos recibió ayer. La llave la depositamos en un buzón y nos aseguramos de llevarlo todo - móvil, cartera, bastón y mochila - antes de cerrar la puerta cuidadosamente.
Aún no ha salido el sol. Eso nos pasará en el resto de etapas, ver amanecer según avanzamos.
Desayunamos caliente y en vaso - un quema dedos - en un pequeño bar que a estas horas ejerce de cafetería. Nos dirigimos a la catedral, queremos salir desde allí, aunque en un rato volveremos en dirección Triana.
Buscamos la primera señal del camino, en la puerta de San Miguel, en el suelo un hito que indica 1.006 km hasta Santiago de Compostela. Nos asomamos levemente y nos encomendamos a Santiago para terminar el largo peregrinar que nos espera.
Una llovizna nos acompañará, intermitentemente, desde ese momento hasta el albergue de Guillena.
La salida de Sevilla es preciosa. En esta ciudad todos los rincones y calles conservan alguna imagen - Cristo , Virgen o santo - que bendice el del amanecer. Un eco de de palmas flamencas con olor a azahar forman parte del silencio de esta primera mañana.
Como no para de llover - aunque no sea en abundancia - hemos cubierto las mochilas; nosotros aguantaremos sin ponchos todo el recorrido.
Nos olvidamos del asfalto y cruzamos el Guadalquivir, dejándolo a nuestra derecha. Se escucha, de manera casi escandalosa, el piar de pájaros. Algunos caballos sin dueño pastan cerca de nosotros, nos miran con indiferencia.
Cruzamos Santiponce. Se puede visitar el conjunto arqueológico de Itálica, la primera ciudad romana fundada en Hispania, donde nacieron los emperadores Trajano y Adriano. Pero no nos detendremos. Necesitaríamos muchas más días y más fuerzas.
Avanzamos a buen paso. Es la primera jornada, la ilusión y las ganas son plenas.
A la llegada a Guillena, el primer edificio por el que pasamos es el cementerio. Desde la puerta se puede ver una gran bandera de la segunda república, en unos días será 14 de abril.
En el albergue "Luz del camino" compartimos habitación con un francés que se pasa toda la tarde durmiendo. Solo lo vemos levantarse un momento para merendar y beber agua, nos saluda y regresa a la litera. Al día siguiente, cuando nos vamos, aún dormía.












