Miro esta acacia,con sus vainas negras, como el último adorno del invierno; en la base, las flores blancas y naranjas (la primavera); a su izquierda, un cedro del Líbano (simboliza la inmortalidad) y, a la derecha, un ciprés, con su sombra de tibia descarnada.
Una estampa llena de opuestos que me obliga a estirar las neuronas y despejar un leve dolor periférico de cabeza. El viernes transcurrió divertido, acobaltado y nocturno.
Me encontraba con los míos, tomando una Alhambra verde y disfrutando. En la barra llevaba J. un rato solo y con rictus de aburrido. Me acerqué, sin previo aviso, a consolar el silencio.
A J. le seduce la controversia con divertimento y las rancheras ratunas. Las divagaciones ligeras de un viernes noche nos condujeron, después de un saludo, a hablar de historia y de monarquía. Yo, cuando bebo, soy monárquico. Por el contrario, J. es republicano y autónomo.
Le intenté convencer de la grandeza de Viriato contra las legiones romanas y de la marca de la casa de los Trastámara en la cultura hispana.
No lo conseguí, y si lo hice, no lo recuerdo.
En estos momentos, el dolor periférico de cabeza no me deja pensar con claridad en el resto de la velada. ¡Debe ser el peso de la corona!








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