Su primer recuerdo: saludando, en cada vuelta de los caballitos a su madre Nina. Sabe que el recuerdo lo ha hecho suyo a fuerza de oírlo contar, en blanco y negro, en cada ocasión que se sacaban las fotos familiares.
Algunos sabores se han agriado en el transcurrir de estos septiembres de feria: del algodón de azúcar a la berenjena. Otros han subido de grado: de la Pepsi-Cola al vino dulce de despedida. ( Igual que los caballitos los muñecos que pisan el vino también dan vueltas).
Me cuenta mi amigo que acompañaba a su madre desde el 2016 cada 8 de septiembre a la capilla de la Virgen. No volvía desde que era niño, cuando Nina envolvía su mano en la suya; ahora, apoya en su brazo filial los muchos años y el poco peso.
Una vez sentados, siempre en el tercer banco, le agradece que vaya con ella porque sabe que él no cree; luego bisbisea oraciones con agradecimientos y ruegos por el bienestar de su familia.
Después, no puede faltar, una caña siempre en el mismo puesto donde todos los camareros la llaman por su nombre.
Desde hace algunos años, mi amigo, regresa solo el 8 de septiembre a la capilla de la Virgen de los Llanos y se sienta , sin rezos, en el tercer banco.
Tampoco falta la caña, ahora sin nombre.
Dedicado a mi amigo agnóstico Nino, de quién he tomado un recuerdo suyo para realizar este relato.










