ola de calor,
en la sombra
el abanico roto
Querida hija:
No sé muy bien desde dónde te escribo; cada día ando por un pueblo y en la mochila no llevo los puntos cardinales.
Intento fotografiar los paisajes de alcornoques y agua por los que pasamos para no olvidar; para arrastrarlos al corazón.
Carmen, cumples años y avanzas por tu propio camino, cogida de la mano de Chema, para descubrir vuestros horizontes y escribir nombres nuevos que no olvidaréis.
felicidades, hija
¡tan cerca de tu momento
plata y blanco!
Posiblemente, para bautizar a una imagen existan protocolos lacrados y en latín; pero resulta natural identificarlas con el nombre del paraje en donde se aparecen.
El perímetro de la Pulgosa lo he recorrido en numerosas ocasiones: hace algunos años en carrera, ahora andando ligero. El domingo, con el afán de hacer kilómetros, caminé de mi casa a la Pulgosa y, luego, le di una vuelta.
A mitad de este recorrido es fácil que pase desapercibido un pequeño adoratorio sujeto a la valla que encierra al parque. No medirá más de 20 centímetros. Disfruta de un pequeño tejadillo que lo resguarda levemente de la lluvia y de algún rayo de sol. Está disimulada, casi escondida en un rincón.
La cruz se encuentra camuflada por la sombra y el óxido; debajo de la cruz una Virgen sin nombre con una ofrenda de dos racimos de flores silvestres.
Virgen de la Pulgosa,
en la capilla silvestre
se marchita la ofrenda
¿Alguien sabe el origen de esta imagen o si ya tiene nombre?
Miro esta acacia,con sus vainas negras, como el último adorno del invierno; en la base, las flores blancas y naranjas (la primavera); a su izquierda, un cedro del Líbano (simboliza la inmortalidad) y, a la derecha, un ciprés, con su sombra de tibia descarnada.
Una estampa llena de opuestos que me obliga a estirar las neuronas y despejar un leve dolor periférico de cabeza. El viernes transcurrió divertido, acobaltado y nocturno.
Me encontraba con los míos, tomando una Alhambra verde y disfrutando. En la barra llevaba J. un rato solo y con rictus de aburrido. Me acerqué, sin previo aviso, a consolar el silencio.
A J. le seduce la controversia con divertimento y las rancheras ratunas. Las divagaciones ligeras de un viernes noche nos condujeron, después de un saludo, a hablar de historia y de monarquía. Yo, cuando bebo, soy monárquico. Por el contrario, J. es republicano y autónomo.
Le intenté convencer de la grandeza de Viriato contra las legiones romanas y de la marca de la casa de los Trastámara en la cultura hispana.
No lo conseguí, y si lo hice, no lo recuerdo.
En estos momentos, el dolor periférico de cabeza no me deja pensar con claridad en el resto de la velada. ¡Debe ser el peso de la corona!