martes, 9 de julio de 2013


- Hola hija, ¡qué calor hace!
- Hola papi, sí, un calor como si te abrazaran.

Una curiosa forma de medir. Llevo una semana soñando con estas pocas palabras, imaginado otras unidades, intentando formar una nuevo mapa de España con isobaras en esperanto.
 Hoy el sueño se ha mudado en desvelo y por eso escribo a estas horas de luna, para volver a soñar lo antes posible, antes de las siete, de que saque el extracto de la cuenta corriente y anote los últimos desequilibrios.

- Hija, y si del calor salen abrazos, del frío tardes de salón, ¿y de la distancia? ¿días de tren? ¿y de la soledad? ¿canciones tristes? ¿y la vida? ¿ se cuenta en fotografías? y  la felicidad ¿cómo la medimos?

Tengo que preguntárselo sin distraer la sonrisa del saludo.

p.d. ahora volveré a dormir.


miércoles, 26 de junio de 2013

Lo mejor de vivir en el cuarto derecha es atravesar, arriba y abajo, el parque. Encontrar a mis primeras horas de la mañana trozos de naturaleza - alas rotas, un resto de huevo azul, la sombra de un esmerejón - y respirar el humo celeste que guardo en las manos.
Siempre se escuchan a los pájaros, siempre, recuerdan a un grupo de jazz que trenza melodías al ritmo de la trompeta, distingo con claridad el zureo simbólico de las palomas  y los silbidos negros entre las hojas altas de verano.
Los perros son habituales, de toda clase social y republicanos, pero su naturaleza está medida, tampoco la conservan los pensamientos emigrados, ni la arena volcada con palas de media jornada. Los bancos sí la guardan, han echado raíces a fuerza de riego, charlas y besos. Los columpios también, con sus encadenadas alas de mariposa.
Así voy pasando y mirando, descubriendo nuevas ramas de gorriones,  mientras subo y bajo al cuarto derecha.





sábado, 22 de junio de 2013

Entra el aire frondoso por la puerta abierta del balcón, a ratos, caen rayos de luz, de uno en uno, lentos, solitarios, tibios.
La nubes sostenidas se reflejan en los cristales descuidados, el sol oculto por las cortinas alquiladas cae a su propio infinito.
No tengo más que decir, hay tardes sencillas con tonos grises en las que empieza a salir el sol y no hacen falta más sentimientos.

miércoles, 5 de junio de 2013





Me alegro cuando llego y el ascensor me está esperando abajo
- ahora llego de otra manera -
subo al cuarto derecha
en la cabeza me reinan números tristes y pobres
estrategias de espera y desamparo
entrevistas sin biografía
intimidades rotas sobre un papel
pasos débiles y paternales,
abro y cierro la puerta, callado,
y dejo de pensar,
tal vez por eso
que me espere el ascensor abajo
en ocasiones es suficiente.


domingo, 10 de marzo de 2013




Se llama Rubén, lleva sonotone en el oído derecho y el ojo izquierdo lo mueve blanco y vacío, lo perdió de un golpe de guerra. Tuvo suerte, se lo dijo el doctor Belmonte, la visión de un ojo se la pasó al otro. Y así va, sin querer recordar la nochebuena que atacaron a los nacionales en Teruel, con tanta nieve que algunos se calzaron zancos. A los espías, esa noche, los pillaron durmiendo. Pero los aviones alemanes volaban bajo y los ametrallaban. ¡Cuánto muerto, no quiero recordarlo!. Tenía entonces diecinueve años. Los piojos parecían cucarachas y nos pasábamos cuatro días sin probar bocado. Al final, comíamos carne de caballo cruda, sin encender fuego para evitar que nos bombardearan.  "Las ruedas" las conserva bien y todas las mañanas camina dando vueltas al barrio, cerca de donde trabajan sus hijos aunque, en ocasiones, se le olvida la profesión  que ejercen, descansa porque sí sabe que están bien colocados.

airoso marzo,
aventuras de guerra
en el llano.

Rubén, se ríe para terminar las frases y pensar. Bromea con su nombre. Dice que le llaman Rubén Darío, como a un gran poeta, y que su padre también escribía mucho, tanto como su hermano, que fue capitán de la guardia civil en Bilbao. Él lo colocó en una azucarera, allí dejó de pasar hambre. Bilbao por la noche, con los altos hornos, parecía que ardía. Pero la guerra sí que fue mala, ya quedan pocos de aquellos, y él sigue sin creérselo, después de todo lo que pasó y que vaya así de bien con noventa y siete años. Adiós y espero volver a verte y que sigamos igual de salud. Adiós Rubén.

domingo, 3 de marzo de 2013




Por entonces se caminaba por en medio de "las carrilás" para que no se desgastaran las suelas de cáñamo con el ladrillo de las aceras, la moda vestía con piezas nuevas en pantalones ajados y San Simplicio se honraba, mal que le pese a mi padre, el dos de marzo.  Por entonces,  los abuelillos  cumplían más de cien años con dieta de mojicones, para la mañana y, de dos huevos calentados en el amor del hornillo para el sueño. Y podían pisar - entre regañinas - la escalera de mármol recién fregada antes de encaminarse, cada día, a la homilía empinada de El Salvador. 

ochenta y siete,
mirando el calendario
en San Simplicio.

Los carros cruzaban sin molestar mientras los críos jugaban a las bolas y la vida no guardaba lagunas en los recuerdos. 
Entonces, el futuro olía a pan y madrugadas. 

miércoles, 20 de febrero de 2013