lunes, 21 de abril de 2014

Jeff Goldblum

Se le daba un aire a Jeff Goldblum, la tez morena como si fuera de Azerbaiyán, aunque es del sur, de un sur renegado, sin faralaes y con viento voluntario de levante - cada cual elige su nación -. Iba de la mano, escondiéndola con descaro y alegría, entre algún beso,  hablaba mucho, inventando  chistes y risas y,  de cuando en cuando, callaba para no ser muy del sur.

En un momento, todos salieron a fumar, nos quedamos los dos desconociéndonos  en la barra.
 - ¿Entonces has viajado mucho?
- Sí, a los diecisiete años me alisté en la marina, lo más lejos que pude de mi casa.
- ¿Y eso?.
- Mi padre falleció cuando yo tenía trece años, de una manera poco convencional - silencio, se le enjuta la cara y palidece hacia el amarillo - se suicidó y culpé de eso a mi madre, ella tuvo culpa - me lo dijo con suficiente dolor como para terminar una conversación, pero siguió - tengo cuatro hermanos más pero no se nada de ellos - silencio para recordar- después he dado muchas vueltas, tengo hijos pero como si no tuviera, ahora me voy para Rusia a trabajar, no quiero vender drogas - retoma su rostro de Jeff G.
Cuando no se puede hablar se bebe, pero el whisky que me quedaba no era suficiente. Recordé unos versos de Bukowski, " whisky y cerveza/la sangre de un cobarde" y me refugié en el agua salada que deja el hielo de poca calidad en el fondo del vaso, sabía a lágrimas.
Tenía los ojos como Jeff G., algo más locos, vivos, buscando, mirando, como si adivinara a su padre en los  los espejos del bar.
 Era la noche del domingo de resurrección.
Hoy, después de ser feliz, he pensado en él.

domingo, 6 de abril de 2014

Arroz con leche



Es tradición, el domingo, la mesa en casa de mis padres se llena de variedad de pequeños platos deliciosos. Ahora solo voy a recordar  el postre: tarta de chocolate, cruasanes de chocolate y originales bolitas de plátano y chocolate (aportación de mi hija), arroz con leche de mi madre.

- Madre, ¿cómo es la receta del arroz con leche? Dímelo con medidas que voy a intentar prepararlo.
- Muy fácil. Te lo digo con medidas, para que te apañes.
- ¡No te va a salir igual! - apostilla mi hermana Carmen con rapidez.
- Apunta. El arroz de una taza de café lo pones en agua y le añades...
- ¿Una taza de café, cómo de grande?- le interrumpo enseguida.
- Normal. Una taza normal.
- ¿Pero grande?
Se levanta con paciencia apoyando la mano en la mesa camilla, va a la cocina y vuelve con una taza.
- Cómo esta.
- Vale.
- Se pone en agua con una pizca de sal.
- ¿Cuánto es una pizca?
- La punta de una cucharilla.
- Bien, no es necesario que te levantes a enseñarme la cucharilla.- sonreímos -
- Se tiene unas dos horas en agua y después se tira el agua. Pero si queda una poca tampoco pasa nada.
- Espera que lo apunte todo.
- Cuatro tazas de leche fría, una corteza de limón y cuatro cucharadas de azúcar.
- ¿Cómo la taza?, ¿cómo las cucharas?
 Mira la taza que ha traído y entiendo la medida.
- Las cucharas soperas. Tú, qué esté dulcecico.
- ¿Dulcecico? ¿Eso es una medida?- intento reprocharle, pero mi pequeña pulla pasa desapercibida, mi madre sigue.
- Se pone a fuego lento y que no se pase el arroz.
- ¿Cuánto tiempo?
- No te va a salir igual - murmura mi hermana -
- Qué no se pase. ¡Qué te voy a decir! Diez o doce minutos.
- Agradezco una medida convencional. - Le da igual mi comentario, sigue.
- En la cuarta taza de leche se le añade una yema, que se cuela, se echa sobre el arroz que ya está fuera del fuego. Se pone otra vez a fuego lento y cuando ves que está trabado  ya está.
¿A qué es sencilla?. Ah, y si te sale un poco seca le añades leche. La que admita.

 -¿La que admita? La miro fijamente. No se si atisbo alguna picardía en sus pequeños ojos.

- No te va a salir igual. - repite mi hermana con seguridad -

A ella también la miro. Y lo sé, sé que no me va a salir igual. Y si algún valiente que lea esta receta la prepara le diré… en efecto, eso  es... - ¡No te va a salir igual!


p.d. Se me olvida. Si la preferís  con canela se le añade al final. ¿Cuánta?, depende, puede ser al gusto o la que admita.  :)





lunes, 31 de marzo de 2014

un orden administrativo



Nunca lo he hecho así,  tal vez se me pase en unos meses,  yo mismo me extraño cuando golpeo los folios repetidas veces intentando igualar las hojas, hasta que se queden como recién desempaquetadas,  busco un orden, un orden simétrico, un orden lógico y administrativo. El quita-grapas al lado de la grapadora, el bolígrafo rojo junto al azul y al negro, en una carpeta los asuntos pendientes y en otra los resueltos, unos expediente sobre otros alineados, que no sean más de tres, cuatro se puede aguantar. Tomo nota en colores para diferencias el bien del mal. El teclado del ordenador, si no puede encontrar los noventa grados, consigue los cuarenta y cinco vueltos hacia el sur.Y miro. Me levanto y remiro desde distinto ángulos, sobrevolando con las pupilas mi mesa de trabajo. El cuaderno encima de las carpetas y los pósit amarillos - de dos tamaños - montados en el cuaderno uno sobre otro, no, mejor alineados. En la agenda,  en el margen superior derecho (en rojo), puse algunos trabajos que hacer cada mañana, en el centro subrayo los recuerdos  menos cotidianos del día siguiente.
Resoplo, no estoy satisfecho.
Me doy cuenta de que el único orden es el vacío, el silencio, uno sobre otro, o tal vez al lado, alineados.
Me callo, me marcho, me alejo sin provocar ruido, sin despedirme de mis compañeros, imagino mi mesa,  así. Y, poco a poco, conforme me distancio, lo consigo.

martes, 25 de febrero de 2014

Desvelo


No tengo nada que contar, pero toca develo y en noches/días así escribir sustituye a los sueños.
Escucho el piar de un pájaro, por la ventana cerrada entran suaves trinos confundidos, tal vez,  por la alunada luz de la farola. Aún no son las cuatro.

Leo otras vigilias y observo que llevo meses sin volver a Nueva York, sin ver como los vagabundos- grandes y negros- empujan su carrito del Carrefour bajo los puentes gastados de Brooklyn, hace tiempo que no saco del bolsillo hojaldre glasé de "miguelitos" y que no  recojo hormigas urbanas para traer  un recuerdo al recuerdo.
Los pobre de pedir son, a cada reforma, más cercanos, habituales y en blanco.
Entre la puerta de mi trabajo y el estanco de Manolo puedo hablar de tres.
 El primero, sentado en un escalón de lo que fue una sucursal del BBVA y ahora trastocado a  chino, - todo local es susceptible de ser convertido en chino -. El hombre, con una tranquilidad de más de cincuenta años, refleja serenidad en la cara. Los clientes fijos le dan alguna moneda y mucha conversación, a él siempre lo veo callado, un cartel gastado pronuncia su letanía "vivo y duermo en la calle", y una gorra guarda una herradura y algunas monedas de viento.
El siguiente ocupa toda la acera de la avenida, va y viene, de un lado a otro, abordando con la mano extendida y un "por favor" desafiante a todos los que bajan y a todos los que suben. Se le ve ofendido, con toques de rencor y ojos derrotados.
La tercera, es la decana, le dicen la portuguesica,  poca gente le entiende el acento calé y desdentado, su charla va desde el hotel Los llanos hasta el estanco, con alguna incursión en las cafeterías de la esquina, opina lo guapa que es mi hija y cada lunes me insiste - creo - en que me afeite la barba que me he dejado.

El pájaro sigue piando. Tal vez esté desvelado.




lunes, 10 de febrero de 2014



Las olas aquí huelen a tierra
y la arena templada anida en los balcones
en espera de una ráfaga de escobas
con zumbido de caña.

¡Miro al mar rompiéndose!
 -lo veo en unas hojas de papel asperamente moreno,-
lo veo
renaciendo, rompiéndose, renaciendo..
sobre un sí mismo ajeno
sobre los demás ajenos
aquí
en un levante prestado, bajo el sol,
entre el viento,
sobre un mar individual.

Y al recontar las olas siempre comienzo en uno
"como un náufrago metódico"
como si se pudiera empezar cada segundo otra vez
sin ayuda de palomas que midan la distancia.

lunes, 2 de diciembre de 2013