lunes, 11 de abril de 2016

Cumpleaños


Hacía tiempo que no cantábamos juntos y, aunque no sonreíste con la idea, te dejaste llevar por el ayer de mis manos y nos sentamos con la guitarra. La primera fue una de Mecano  "Mujer contra mujer" no salió mal, y después pediste una de Presuntos Implicados "Nadie como tú", la cantamos un par de veces con más emoción que acierto, pero nos divertimos y eso fue suficiente. Cuando te marchaste, aunque no dije nada,  me la quedé como nuestra. Ahora la susurro como si continuaras a mi lado, porque la puedo cantar cuando te echo de menos - tal vez ya -

Te vi bien, alegre, habladora, sonriendo como si tramaras una travesura.  Te sentí caminante y buscando trozos a la vida en los que se pueda ser feliz, te intuí aprendiz de esos dolores que quedan  y de alegrías para renacer . Mientras pasan las historias que la vida trae, te buscas ocupaciones tatuadas de tiempo, pasado o futuro, anillas  en tu dedo un pequeño corazón indeleble, adornas los olores y las miradas, pegando todo a tu piel, tal vez para no sentir frío, ese frío que en ocasiones no sabemos por dónde nos viene.



Ahora que llega tu cumpleaños rememoro aquella tarde, recuerdos que pasan y quedan en mi.



Solo puedo animarte, como escribió Goytisolo en "Palabra para Julia", a que sigas caminando,  buscando, todos estamos en el camino. Algún día sabrás que nadie hay como tú y entonces estarás llegando.



cumpleaños,
en la guitarra canto
nadie como tú.

                                                                                Feliz cumpleaños, hija, un besaco.





sábado, 9 de abril de 2016

Navaja





Siempre que salía de la academia - ¡ya han pasado años! - al torcer la esquina de Pablo Medina a San Antón me tropezaba con una puerta que presumía de despacho de exportación de azafrán (hebras y bulbos), también con una cafetería estrechamente verde y con una tienda de navajas y cuchillos, en esta, en su escaparate, se exponían abigarradamente gran variedad de artículos con diferentes formas, precio y filigrana.


El caso es que, de entre todas las afiladas posibilidades que se mostraban, una me llamó la atención inmediatamente, la navaja que me cautivó era más grande que la que ya llevaba, tal vez demasiado para echarla al bolsillo, la contemplé despacio, igual que un niño su merienda  y, después de remirarla me marché casi arrastrando los pies. ¡Ahí se quedó!


Pero la academia seguía y la cafetería de al lado también, así es que, pasaba por esa cuchillería al menos dos veces diarias, cuando iba y cuando volvía de clase y, alguna más, si entre tema y repaso descansábamos con un café.


Esas oposiciones no fueron mi futuro, tuve que volver a Gaspar y seguir torciendo la esquina y fijándome, porque cuando localizas algo así en un escaparate, siempre que pasas por él lo miras de forma irracional, aunque solo sea para saber si sigue ahí la tentación, ignorando las demás oportunidades.

En fin, por no marear con esquinas y recuerdos, os diré que un día sin motivo emocionante que me pinchara me animé y la compré. Tal vez solo me cansé de mirar.

 Era de asta de toro, navaja bandolera de muelles y, en efecto, demasiado grande para llevarla encima. Me la dieron sin afilar y nunca lo hice, solo me gustaba oír su golpes intimidantes al abrirla.

de siete muelles,
para oír el clac, clac
la abro despacio.

viernes, 4 de diciembre de 2015



Después de comer, nada como el documental de la dos, instruye y, en ocasiones, ayuda a conciliarse en el sofá.
Hace un par de días emitieron uno en el que iban dos ingleses, creo, navegando entre diversas islas de Alaska buscando un gran oso grizzly, los más pequeños no interesaban y, mientras andaban en ello enseñaban como cazaban peces, abrían almejas o pastaban entre hierba, saliendo el locutor en el documental tanto como los osos.

Una de las cosas que me pareció más curiosa fue como los osos escarbaban con sus grandes zarpas en la tierra para comer raíces de abedul, estas - según el narrador - poseen las mismas cualidades que la aspirina (es cierto, lo he comprobado en google). ¡Y me maravilla como un animal puede saber esto! y  aún más,  ¡cómo puede transmitir ese conocimiento a sus oseznos! pero sobre todo, lo que me deja estupefacto es,  ¿cómo sabe el guapo locutor que le duele la cabeza al oso?

Esa tarde ya no concilié el sueño.


jueves, 3 de diciembre de 2015

En recuerdo a Javinchi

Ayer nos enteramos del fallecimiento de nuestro compañero de haikus Javinchi. Un hombre muy generoso, amante de haiku y de espíritu alegre.

Cuando llegaba desde Torrejón  los abrazos eran con una sonrisa incorporada. 
En las reuniones de la AGHA era firme con sus teorías.
Después de estar hablando y corrigiendo haikus, es costumbre en la AGHA,   tomarnos algo para aclarar la garganta y seguir charlando y teorizando. 

Escribí esto en diciembre de 2015. Termina con una fotografía alegre, sacándole la lengua a la vida.


EN RECUERDO A JAVINCHI



Nos fuimos Javinchi y yo al Cronos, un bar de plaza otoñada, adecuado para terminar la noche antes del alba. Luego llegó Llanos, sonriendo entre abrazos  - presume de ellos -.
Los tres sabemos beber, pedir y pagar y, mientras estábamos en eso, por hacer algo, hablamos de cosas; de la influencia del haiku en la poesía de Machado, de los universos paralelos y de las soledades.

Junto al agua negra.
Olor de mar y jazmines.
Noche malagueña.        A.M.

El Cronos conserva un lugar paralelo y cercano, la barra sigue siendo larga pero con astillas picadas -como si fuera palo de barco - con humo adivinatorio y chasquido de pipas, con gente que se besa y baila suave, con carpetas tiradas, con un hombre de rojo y su mahou raptada, con más gente que charla entre ellos sin oír nada y, otros tres como nosotros mismos hablando de si en otros mundos hay esperanzas.

pozo umbrío,
el silencio
de la piedra que cae.   Javinchi.

Los universos paralelos son infinitos, igual que las dimensiones - todo está escrito en arriesgados estudios de física cuántica - tal vez en alguna de ellas se crucen los fantasmas y alguno, de vez en vez, se encuentre por los lugares ajenos y se pierda y, al darse cuenta deje de ser.(?)

La noche mezcla lo temas y, pasamos sin esfuerzo de soleás múltiples a fantasmas japoneses y, de Machados paralelos a haikus en cinco, siete, cinco dimensiones.

Aunque yo no quiera,
yo, la desarraigada
huelo a tierra.             Ll.

Al despedirnos, mientra la luna sigue baja,  Javinchi regala plumas mágicas, azules y negras, en las que se esconden por igual,  poemas y manchas. Llanos pide de vuelta los  abrazos que dio al llegar. Yo les di la posibilidad de infinitas vidas paralelas.

Y, ahora que lo pienso,  fui el más generoso.

hoja de otoño,
la espina de la acacia
también da sombra.  J.A.


viernes, 18 de septiembre de 2015

Rosa de navidad




Tomó nota del gordo de navidad a mano alzada en una tienda de ultramarinos que le pilló al paso. Lo apuntó con números apretados, lentos y desiguales sobre un papel gris de estraza que le dejaron. Fue hace bastantes años. Su marido le dijo que estuviera pendiente del gordo, él venía con el camión de vuelta de Barcelona. Pero ella, Rosa, se marchó, insistida y necesaria, con una vecina de escoba a recoger algún documento de póliza a los juzgados. Allí el ambiente se respiraba serio, no parecía navidad, serio y silente. A Rosa del Cerrico - así se presenta - no le agradaron esas caras de espera , ni la espera y, quiso poner bulla.

- ¿Mire usted si se arrima este número al gordo? - dijo con voz de timadora inocente, dirigiéndose al guardia civil mientras sacaba con indiferencia el número de estraza arrancado dos calles antes.
- ¿Pero es que tienes este número criatura? - le contestó el sorprendido civil agarrándose el tricornio con ambas manos.
- Mi marido lleva cuatro cosas de estas que ha comprado en  Barcelona, viene de allí ahora mismo en el camión. - seguía con postura de niña buena -
- Dime la matrícula del camión que le avisemos, no sea que le pase algo. ¡Os ha tocado el gordo! - seguía con la manos en el tricornio.
 - No la sé.-  -atinó a responder, se sorprendió ante la diligencia y amabilidad, y salió rápida como pudo entre enhorabuenas y abrazos  desconocidos.
Al llegar a su barrio, a penas media hora después,  ya lo estaban celebrando los parroquianos en su bar habitual. Su marido también.

- Ven Rosa, arrímate tú y el gordo de navidad que lo tenemos que celebrar. - La besó en la frente primero y el los labios después y brindaron - ellos sabían los motivos -.

Albacete es muy pequeño para ocultar un premio apócrifo de navidad. - Y Rosa mucha Rosa.




miércoles, 22 de julio de 2015

Hermano Juan


Maribel me cuenta, a modo de musa, una historia de El Bonillo.


El Bonillo guarda un sabor lento, le pasa a más pueblos, parece que el tiempo llega con retraso hasta  sus calles,  calles empedradas que conservan las sombras de otros tiempos, calles ladeadas a golpes de lluvia y sol, con huecos de adobe numerado.


Pues dice Maribel que todos los días iban un grupo de jóvenes maestras desde la pensión donde se hospedaban a la escuela donde trataban de enseñar y se encontraban sentado, en mitad de la acera, en una silla de anea a un hombre de años largos y piernas cortas, barba blanca, garrota al uso, sombrero francés, chaqueta y chaleco y  reloj de bolsillo, y que desde el primer día que se cruzaron el buen hombre las saludaba.


 - Buenos días señoritas.- decía el anciano.
- Buenos días - contestaban ellas a coro, mostrando la educación de saya y entonada que habían recibido.

Su aspecto fue extraño cuando regresó a su puerta,  porque allí se llevaba más la boina y el blusón, pero el hermano Juan guardaba los recuerdos de sus viajes en su ropa que vestía con elegancia extranjera y naturalidad.

Así se saludaban cada mañana. Al llegar a diez saludos se pararon a preguntarle.

- Hermano (es costumbre de ese pueblo llamar así) Juan, ¿cómo se encuentra usted hoy?
- Muerto en vida, Doña Virginia.- respondía con voz cetrina y clara, como si tradujera los pensamientos.

En el grupo de maestras una de ellas se llamaba así, Virginia, y por el motivo que solo él sabrá, a todas las llamaba por el mismo nombre, hablara con la que hablara.

Los saludos se repitieron en el invierno.

- Buenos días hermano Juan.
- Buenos días doña Virginia, ando muerto en vida, ya ve. - Tenía confianza para replicar aunque ya no le preguntaran.

Y me cuenta Maribel que en efecto era un hombre con talante de enfermo grave, con la nariz afilada y la cara sin color, con los ojos secos y la frente acerada, los labios entrados y la piel labrada. El pobre hombre debía saber su aspecto y prefería decir él primero lo que todos veían.

El hermano Juan no terminó ese curso, el primer día a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa le comunicaron a las doñas virginias que la misa sería a las cinco de la tarde.

Por la tarde se acercaron a despedir los saludos en el ataúd.

- ¡Míralo parece que está dormido!. - comentaban los vecinos.

 Era cierto, no le había cambiado el aspecto a cuando saludaba cada mañana, con cuanta razón decía:

 - ¡Muerto en vida, doña Virginia,  muerto en vida!.



domingo, 12 de julio de 2015

Una pluma





   

Soy aficionado a cambiar de boli, sin agotarlos nunca, los guardo con la tinta terciada y los recupero solamente si los miro de otra manera. Cuando aún  no escribía mis historias en ordenador los reemplazaba si notaba que llevaba una idea en la cabeza y no sabía salir, y veía en la nueva adquisición la esperanza de que se deslizaran renovados adjetivos sobre el papel dormido. Nunca fueron bolígrafos caros los que usaba, una vez si  tuve una pluma de calidad que malogré con disgustos y la olvidé entre los recuerdos que se deben olvidar. Pero cuando supe buscar sinónimos con imágenes evocadoras en internet, dejé el boli colocado en el cubilete, y solo  quedó para algún apunte campestre de haikus.

Hace un par de semanas, precisamente a un compañero haijin - Javinchi le llamamos - le vi tomar unas notas con una pluma, me quedé mirándola como si de una mujer deseosamente madura se tratara. Javinchi me informó que su pluma escribía muy bien y que nunca se le salía la tinta, aunque  no era recargable. La he comprado, me dijo, en una tienda de chinos de Torrejón, era la última. Cuando volviera para allá llevaba intención de preguntar por si habían traído más, aunque no le dieron garantías.

Al día siguiente, en un descuido del tiempo, fui a buscar la pluma, primero en tiendas del ramo; sabían que existían de ese tipo pero nunca habían pedido; luego entré en las de "chinos" y tampoco, ni en las de barrio, ni en las grandes que apuntalan las afueras. Nada, no las encontraba, miraba otras por el estilo, pero no quería conformarme.

La última semana de junio, empecé con un traslado de libros y sábanas, bajé por el barrio a comprar matices para los nuevos días y, en una pasada tienda de "Todo a 100" entré a preguntar. El local se encontraba como mi apartamento, paredes vacías y bultos en medio, aún así pregunté porque la caja registradora estaba iluminada. Una señora con ojos atardecidos y perfil despeinado, me dijo que sí que tenía plumas de esas, incluso se encontraban a mano. Son tres euros, me quedan dos, azul y negra, si te llevas las dos te cobro cinco euros, me terminó diciendo sin que yo le preguntará nada más. Acepté la oferta sin más regateos ni conversación y me marché contento.

Esa misma noche, ya en otra casa, enchufé el ordenador para escribir algo, sin saber bien qué, y mirando de reojo a la plumas tomé una, la de tinta negra, con delicadeza, con prudencia.

Firmé la hoja para probar la ligereza del trazo y enseguida comencé a escribir una historia fantástica sobre una bruja que se escondía en un pueblo de la sierra, Molinicos, cerca del arroyo de Las Tobillas, la bruja podía ver la cuarta dimensión espacial pero experimentaba con personas que raptaba para poder llevarlas allí y ver las consecuencias.

Estuve toda la noche escribiendo sobre cosas que ni recordaba cuando ni donde las había aprendido,  inspirado, solo paraba para tomar café y mirar mi letra que parecía mejor con esta pluma, incluso a eso de las seis me pareció que la letra ni siquiera era mía. ¡Cosas de no dormir!.

Era sin duda la historia más larga que había escrito, cerca de sesenta páginas por una cara, la podía situar entre un cuento largo o una novela corta. Releía las hojas ya escritas y apenas introducía modificaciones, me gustaba como quedaba, una ideas originales contadas con mi estilo de ramas rotas.

Llanos me preguntó a la mañana siguiente, que si no había dormido, que qué había hecho, contesté que no había hecho nada, unas pinceladas de una ideas, le dije,  voy a intentar terminar esto, hoy no trabajo.

Me sentí feliz haciéndome ilusiones, pensando incluso en publicar.

Seguía, en total eran 65 páginas. No daba para más, cada historia guarda su medida, no es necesario alargarla y que se pierdan las letras en las últimas páginas. Le puse FIN  después del tercer repaso. Solo me faltaba el título, sin pensarlo la llamé "La pluma mágica", parecía un reconocimiento al coautor, y apenas terminé de escribir la última letra, me quedé sin tinta.

¿Dónde está la otra pluma que compré? - pensaba -. La busqué pero no supe encontrarla en los nuevos rincones. Me daba igual, estaba todo terminado.

Me fui a descansar un rato, para dormir y soñar. Al despertar me dirigí a la cocina a tomar un café de mediodía y me extrañó ver a Llanos escribir tan entusiasmada. Le pregunté qué hacía.

Nada, me contestó, y siguió ilusionada diciendo:


- Estoy terminando de escribir una historia sobre una bruja que vive en Molinicos y ...