viernes, 13 de noviembre de 2020

Un recuerdo III





 Fue en un concierto, actuaba Francisco Javier Krahe Salas, no se quiso venir ningún compañero de piso, no sé,  por motivos de exámenes, o algo así, no lo recuerdo bien. El caso es que fui solo. Y me vio ella cuando estábamos entrando, me saludó, muy simpática, luego me confesó que en el instituto ya se había fijado en mí, solo por mi físico - bromeó-. 

Si la veo yo, seguro que no me hubiera atrevido a decirle nada, pero fue como fue, ella iba acompañada con una chica muy morena.

 Recuerdo que era de Linares, y me senté con ellas. Mucha gente las miraba.  Menudo par: una morena medio gitana, la otra pelirroja medio americana. Creo que por una vez en la vida fui la envidia de otros tíos. Disfrutamos del concierto, nos sabíamos todas las canciones  y cuando cantó Krahe la de "No todo va a ser follar", joder, me puse colorado como un adolescente y ML se dio cuenta. Se me notaron los malos pensamientos. 

A la salida, animados, nos fuimos a tomar algo, terminamos los tres en un antro tipo pub de mucha madera oscura con nombre irlandés. La linarense guardaba entre el tabaco blando, liados, un par de porros con costo de calidad. Yo los había probado alguna vez, pero no me iban mucho, porque no son buenos para nada, y porque me sientan fatal. 

A mí también me caen como el culo - no puede evitar dar mi apunte científico-.

Pero no me iba a hacer el flojo, así es que le di con ganas y el primero - vale - pero con el segundo  me pillé un amarillo, ¿sabes qué es eso? me preguntó y claro que lo sabía y sufrido en propio cuerpo.

La de Linares se fue, ML pagó las copas y me sacó a la calle en cuanto se fue algo  el desmadejo de mi ánimo. Y paseamos al aire templado de las calles, me sujetaba en ella, y cuando me venía la vida, consciente de mi situación no la solté. Y ML lo notaba, en fin, sin más detalles, un besete, otro y que nos liamos esa noche.

Paquito, se te ponen ojillos tiernos contando eso. A mi hija, aún le pasa que cuando nombra  un chico madrileño que quiso muchísimo le cambiaba la mirada, incluso se pone más guapa. Para mí que aún siente algo, ella sabrá.  Tú solo cambias la mirada, no te hagas ilusiones. 

Me enamoré de ML, creo que nunca me he vuelto a enamorar así.


Un recuerdo II





A mí también me gustó ML, joder, ¿pero a quién no le gustaba? Tal vez era demasiado delgada, tal vez demasiadas pecas sobre la piel lavada, tal vez demasiado delicada... la verdad es que era una preciosidad tipo Kataharine Houghton Hepburn, pero más de aquí.

Luego en la vida ha sufrido muchas penas, me he enterado de que, hace unos días, su segundo marido, el policía,  se ha suicidado. Comentan que porque se iban a divorciar y él no lo soportaba, que porque ella se salía por ahí con otros y ... en fin, se pregonan tantas barbaridades. Lo cierto y verdad es que el muchacho se pegó un tiro en el pecho, en el corazón, una muerte con la que claramente le quería dejar un mensaje indeleble y  cabrón.  Es difícil juzgar el sufrimiento.  ¡Todos vivimos como podemos!

En ese momento Paco se echó a reír. Es la risa que surge en la tristeza de los duelos. Me dijo entre dientes que eso aún no pero que llegaría. 

Ya, él leyó ¡Todos vivimos como Podemos!  Os conté que Paco es muy político. Reímos.

Lo que tú no sabes, me dijo, es que estuve con ella un tiempo en Murcia. Allí coincidimos unos años, ella se fue a estudiar derecho, aunque lo que se dice estudiar no lo hacía mucho, eso sí, con el tiempo lo terminó en la UNED. Ahora creo que ejercía de abogada laboralista en la UGT y creo que lleva casos sobre despidos objetivos y ...

Le corté en seco, ¡coño Paco!  no me cuentes el estatuto de los trabajadores y dime qué pasó en Murcia. 






Un recuerdo I





 La llamada fue inesperada, tanto por el tiempo que llevábamos sin hablar como porque Paco nunca me telefonea. Si se quiere poner en contacto me escribe por el messenger de Facebook. Y, lo que sucede en estos casos, el pensamiento va encaminado al drama. Pero no, solamente quería quedar a dar una paseo y charlar. Que, sinceramente, me siguió pareciendo extraño. Creo que no hemos  vuelto a conversar en modo paseo desde que los dos fumábamos ducados, así es que, seguí dramatizando y lo que me venía más a mano fue que se iba a separar. Ya sabemos, si vas a hacer obras en casa preguntas a los amigos por si les gustaron sus albañiles. Quedamos para el sábado a las cinco.

Ya nadie vaguea en otoño por el paseo de la estación, todos van y vuelven con destino fijado en el navegador. Los tilos no se encuentran en su mejor momento. Desmochados por la copa y con hojas tristes por la base más campanuda. Es una imagen desolada y poco simétrica. 

Le pregunté un poco por su vida, Paco es médico y ya sabemos... la fluctuación empinada de la pandemia, de los contagios y de las misas de difuntos. De lo que procuré no hablar es de política, él tomó su camino con la primera barba y lo ve todo con la seguridad de un político de los ochenta, con su forma retrospectiva de vivir;  yo camino con más chascos y asombros y dudas, tal vez, las de siempre.

Llegamos a la punta del paseo y todo era un preludio entretenido. Cuando giramos los pasos me preguntó por ML. ML era una chica que iba a dos cursos menos que nosotros cuando estudiábamos en el instituto, pelirroja, con rizos recogidos la mayoría de las veces, pero que en fiestas los dejaba asalvajarse hasta la segunda vértebra lumbar.

Claro que la recuerdo, le dije, estuviste pillado por ella, sonreímos porque en un segundo el corazón nos volvió a latir inexperto y joven.

martes, 10 de noviembre de 2020

Hojas de tilo

 




En el paseo de la estación aún se siente la humedad de la tormenta que cayó  hace unos días, a pesar de que apenas si queda tierra visible, solamente en los alcorques que delimitan a los tilos y aligustres. 

Las hojas se encuentran en su transición marchita, fluyendo del verde al seco marrón. Entre estos dos colores, como principio y fin, se encuentran el ocre y el dorado.  Es un dorado que refleja el sol y lo convierte en algo más específico, pasa de estar esparcido en el aire a ser un rayo definido, que apunta, que acota su infinito:  de ser una nube a ser gota.

En ese atardecer camino, apenas son las cinco menos algo - hoy  me he quedado dormido en el sillón de mi padre - ando dirección  oeste y debo bajar la mirada.

relumbran 

las hojas de los tilos,

hacia el poniente

viernes, 16 de octubre de 2020

Un nido de alto voltaje





El paseo de la estación se encuentra delimitado por dos hileras de árboles: la interior de aligustre y la otra de tilos. 

Los tilos poseen - junto con las hojas - unas brácteas que cumplen la misión de esparcir las semillas. Vuelan helicoidales con el susurro del viento. Da gusto verlas caer, girar rápidamente y vencerse suaves y verdes. 

En esta época del año paseo más despacio, como si fuera escribiendo.

Observo los revuelos breves de los gorriones.

Dicen  que cada vez hay menos en los pueblos, es posible. Lo que no recuerdo es, cuando era niño,  ver  en La Roda, palomas. Eran cosa de aldeas, boinas  y de plazas  barcelonesas.

Por encima de un ventanal, de donde trabajo, pasan varios cables negros y robustos que arrastran electrones convertidos en datos o en posibilidades energéticas. Y, de ellos, sale un gorrión.

 



caen las hojuelas,

el gorrión anida

entre los cables 




viernes, 14 de agosto de 2020

migas de pan

 

Andábamos, hace un par de días, por el final de la calle Lozano, cerca de Nuestro Bar, una calle peatonal y adoquinada en dos colores sufridos: un gris amarronado en el centro y un blanco grisáceo con pintas a ambos lados. Pues eso, esparcidas por su parte central encuentro unas migas de pan blanco esperando el picoteo.

Hoy las he vuelto a ver allí, deben ser las mismas, aunque algo más oxidadas y desde luego se hallan en el mismo sitio, centradas en la calle,  hasta diría que dibujan la misma forma irregular de galaxia.

Es extraño que los gorriones no se las hayan comido, pienso; aunque en esa zona siempre deambulaban  muchos gatos. Eso fue antes de que una lluvia de primavera constante, de varios días, derribara los muros amarillos de adobe.  Allí, en esa casona, se amontonaban gatos de varias generaciones, que se deslizaban entre las rendijas podridas de las "portás". Tal vez persistan por el barrio huellas, o la liviandad de las  vibrisas en el aire y no se acercan por allí ni palomos ni pardillos.

Pero lo más extraño de todo es que el barrendero no las ha recogido con su cepillo de cerdas duras, porque no se ven ningún papel, ni colillas.  Me gusta pensar que no barre las migas


siguen las migas de pan

en la acera, 

ya pasó el barrendero