sentado en dos pétalos
de buganvillas,
cerca el mar
(A Paco González)
Del invierno astronómico aún quedan vientos racheados y nubes grises en estratos. Han brotado, casi de un día para otro, las flores melificadas de los almendros y las pentámeras rosadas de los prunos. Los árboles colorean el horizonte medio del campo.
El camino de la Cabrera se ha convertido en una forma cómoda para salir del asfalto; por ahí vienen -sobre todo en primavera - los peregrinos desde levante buscando Santiago. Pues eso, tomo el camino y luego el primer desvío hacia la derecha, dejando atrás la casa de los Gnomos, en dirección a la lonja municipal de frutas y verduras.
En la ribera izquierda, en unos zanjones para desagüe, se encuentra un rodal de pequeñas flores que solo se aprecian si el caminar es tranquilo; es necesario agacharse para advertir la belleza del azul de la verónica del campo, con su tallo postrado y pubescente. Y fijarse, matematicamente, en la asimetría suave del color de sus pétalos.
Por estos andaderos abundan los dientes de león, aún amarillos; muy pocos han sacado sus vilanos voladores. Son flores que buscan soplos de niños y vientos.
Las fumarias, también prolíficas, florecen en racimos erguidos con colores morados-rojizos.
Y las orugas, y las rabanizas, y otras y más de aromas mínimos y verdes; pero hay que seguir andando si queremos llegar a casa; ahora por el asfalto, por las calles llenas de vida y sombras.
¡Ufff, casi se me olvida volver a ponerme la mascarilla!
violetas:
en la yema del dedo
sus pétalos
Vendió su casa sin agonía y con lo ganado adquirió acciones de El Corte Inglés. Lo planeó con tiempo y silencio. Estudió las leyes mercantiles de la bolsa y de la propiedad horizontal, con detalle, minuciosamente, fotografiando los artículos más escondidos, allí donde los legisladores insertan la composición de los alimentos procesados.
Antonio se mudó - con sorpresa de todos - de okupa a El Corte Inglés. Pero él conocía los metros cuadrados que le correspondían con su inversión y que se convertía en copropietario de la tanteaba parte del edificio de Albacete que se levanta en la avenida de España, 30-32.
El primer día que se negó a salir disfrutaba, en la sección de electrónica, de un documental de flores en veinte televisiones. El guarda de seguridad se puso chulesco y desorientado. Antonio le enseñó un auto de la sala de lo civil de la audiencia provincial que admitía una demanda de dominio compartido - como si fuera un apartamento de multipropiedad - y que imponía medidas provisionales de ocupación y custodia. El guarda llamó al teléfono rojo de emergencia y le pasaron con el despacho de Garrigues Walker que le obligó a guardar la metralleta y a que le consintiera pernoctar esa noche en el departamento de lencería de la segunda planta. Al día siguiente vinieron abogados en traje nuevo que, se fueron por la tarde sin poder echarlo y haciendo migas con él.
Al asunto no le quisieron dar publicidad para que no se extendiera su ejemplo, solo Iker Jiménez insinuó algo en un especial nocturno. Los letrados añadieron más anexos para que los que adquirieran nuevas acciones no pudieran imitarlo.
Antonio Muñoz ocupó El Corte Inglés solo por utilizar el ático y disfrutar de los atardeceres verdes, alboreados, con luces de publicidad. Ninguna otra razón. Lo acondicionó a su manera: con plantas endémicas y bichos de varios colores.
Antonio se gana la vida como macrofotógrafo - pidió excedencia como visitador nocturno - y, en su oficio, convierte: la brizna en bosque, la hormiga en un depredador y al milano lo inmoviliza en la corriente de aire.
Antonio ama a los animales, y ellos a él, en algunas fotografías parecen que están posando como modelos italianos.
Todo esto lo cuento solo para que entendáis lo que voy a narraros ahora.
Una tarde, sentado con su pijama de rayas rojas y blancas, entró volando al ático una abeja cansada. Se dio cuenta de que no lograba levantar el vuelo. Se posaba, intentaba agitar sus alas quitinosas y caía una y otra vez.
No sé qué hubieran hecho otras personas: darles un zapatillazo, o contemplar la derrota. Pero él, sacó un platito con agua y azúcar y se lo dejó al lado.
La abeja se acercó y libó. Dice Antonio que bajó un momento a la sección de entomología para ver si encontraba un tratamiento más adecuado, pero cuando regresó la abeja ya no estaba.
La historia así ya queda asombrosa. Pero la naturaleza es increíble. Ahora por la terraza vuelan cada tarde abejas en busca del platito con agua azucarada. Allí paran.
No me extrañaría que algún día le llevaran gotitas de miel.
p.d. En Albacete, ya nadie se sorprende si se encuentra en la tienda gourmet del El Corte Inglés a Antonio en pijama.
Para Antonio Muñoz
Hace años intenté adquirir la costumbre de leer en la cama, imagino que es la influencia de las películas americanas, los protagonistas parecen inteligentes y felices; a mí siempre me resultó incómodo. Opté por escuchar la radio nocturna, oía de todo menos programas deportivos. Ahora, acorde al siglo, he trocado la radio por los podcasts y he modernizado los auriculares.
Los guardo en una cajita albicolor acanalada de 4x5x2.5.
La foto es de mis hijos; mi hija vivía los veinte años, mi hijo los dieciocho recientes; los dos visten de negro, un negro brillante de fiesta - posiblemente de esa nochevieja - y sonríen. Gabriel inclina la cabeza y achina la mirada con la sonrisa, protege el corazón de los vaivenes de la vida cruzando los brazos; Carmen le pasa el brazo hasta el hombro derecho y reposa levemente la cabeza en un gesto que es, mitad arropar mitad arroparse. El fondo es irrelevante, se encuentran entre el dintel de una puerta de roble y una cortina floral.
El portarretrato es de madera - 19x15 - recubierto de una pátina dorada y gastada.
Jerezana, estilizada y elegante, blancas las cachas como nubes al chispear. Resaltan en ellas cuatro incrustaciones de hilo de latón: dos cerca de la palanquilla y otras dos rozando el rebajo plateado. Un par de remaches, menores que los de tipo ojo de perdiz, le crean la mirada. En el lomo de la hoja cabe el reflejo de la luna llena.
Como solo la llevo en tiempo de fríos y vientos, he optado por dejarla a mano para defenderme de las pesadillas veraniegas.
La hoja: espesor de 2 mm.; acero inoxidable; 10 cm. de largo y con la uña marcada.
en la mesita de noche:
auriculares, portarretratos
y mi navaja
Seleccionado para publicarse en el III Concurso Internacional de Haibun Albacete Ciudad de la Cuchillería.
Unas pequeñas gotas difuminadas por una borrasca - que llaman "Bella"- han ido mutando a copos diminutos y crisálidos. El frío se nota en la ausencia y, el viento, en las cosas que no deben volar y vuelan.
Ha cuajado algo en alguna esquina, pero no durará, es leve, como de ganchillo antiguo. Los pajarillos se suben a las aceras entre paso y paso, protegiéndose bajo los balcones.
Todo parece pequeño: la nieve, el piar, la mañana.
Santos Inocentes,
la nieve les cae
a los gorriones