Son las cuatro y media, repito desvelo esta semana. Pongo atención al entrar al salón porque el martes volvió el vecino infiltrado de los bajos fondos y estuvo de canciones, por lo menos, hasta las siete de la mañana.
Eso sí,
con cantes más variados: al
Alba; alguna de Kiko Veneno; otras de Paco Ibáñez; de los Beatles ... no
me molestó la deshora, ni siquiera en los arranques del
zapateo descompasado que me hacían mirar al
techo y pensar en la opción de entrar en la fiesta.
Agudizo el oído, hoy no se escucha la guitarra. Atempero el café sobrante
de ayer y me voy al salón. La lectura que tengo preparada me ilusiona: terminar "La estrella sin puntas" -
un libro de teatro
infantil - de Antoka y otro de poesía de Carlos Blanc; dos misceláneos haijines.
Del primer libro solo me quedaba unas hojas y le he doy fin en poco. Me he
divertido leyéndolo, imaginando estrellas mutiladas; ángeles discutidores; niños disfrazados de cascanueces y un director de escena perdiendo los nervios.
El segundo es compartido, no lo sabía, andan también aquí metidos Ángel
Aguilar y Frutos; entre otros no haijines. Pero esta mañana el
alfabeto empieza por B.
Una fotografía inclinada, pensando el mundo, dibuja el primer poema. Luego
viene otro de mayúsculas con un perro noctívago de buena familia; una nevada
escondiendo huellas amantes; (una poesía entre paréntesis que me leo contenido ); un rayo
de sol inesperado y todo, todo suena a verdad. Una verdad con detalles.
Ojeo a los otros confiteros y vuelvo a Carlos desde la fotografía que habla; releo.
Mientras apuro el café, ya frío, contemplo los dos libros juntos - tan distintos - y me
siento dichoso de poder beber con ellos.
Gracia Antoka, gracias Carlos.
Epifanía,
a Belén va una estrella
sin puntas