martes, 21 de octubre de 2014

jueves, 9 de octubre de 2014

Mago



Se llama "El Sol", un restaurante situado en una cuesta/calle que muere en la plaza del Sol, donde se encuentra el depósito del Sol. ¡Uff, qué calor!.  Lo han vuelto a abrir después de cinco años, ahora le toca el turno a un hijo, con nuevas ideas,  que intenta dar cuerda a su propio reloj, una nueva historia con la misma  salsa en la tortilla.

Pasé por casualidad, son calles que me suenan a mi pueblo, calles solas y blancas, y entré a curiosear las sombras mientras me bebía una caña y compartía la tapa.  El camarero me  recordó de un día que era yo quien me sentaba detrás de la barra administrativa, un camarero que no paraba de hablar y añorar los platos y los consejos de su padre y que consiguió lo que buscaba. Me vendió el menú del día siguiente, costillas al horno y bebida, 5,50. Le compré dos.

Al día siguiente,  miércoles, a eso de las dos y media, me senté con mi hijo en el pequeño comedor vacío de la planta baja, elegimos la  mesa que miraba por la ventana- me gustan las ventanas de los bares. Al poco de servirnos los huesos quedaron, bien pelados, al lado izquierdo del plato esmaltado  y de las patatas panaderas solo había restos de harina en el mantelito de papel azul.

Mientras los cafés lentos se enfriaban Gabriel se sacó una baraja calmada de la manga  y me sorprendió con varios trucos: volvía las cartas sin tocarlas, adivinaba el futuro en los ases y me hacía soñar al vuelo de picas y tréboles.

La baraja se la regaló Elena (sin hache) el día de su vigésimo cumpleaños. Al parecer es de mago moderno y solo obedece a los sortilegios con besos informáticos.  Entre los dos le llenaron la batería y le brilla la magia.


jueves, 21 de agosto de 2014

Mus borde




En un mano llevaba duples y en la otra un ron con coca-cola, estaba sentado para un lado, como si le faltara aire.  Desde que me cambié de código postal no lo había visto y ahora, algunas cosas más había mudado de sitio, como que siempre llevo un Camel azul en el bolsillo y los botones de la camisa tensos.

Iba prevenido para aguantar a que, como siempre, me estrechara la mano con saña y, mediando solo unas cortesías se entretuvo contándome la historia de su hermano:

- Mi hermano - Jose - llegó a una edad que engordó y desde entonces está hecho un gordaco.

(fin de la historia)

A continuación me recomendó que comiera menos y ahorra dinero en copas.

Cuando recibo un consejos primero veo la cara y después la sintaxis;  no me gustó nada.  Solo acerté a excusarme de mi mismo con palabras entre lánguidas y culpables que al rato te arrepientes de haber dicho. Y perdí el mus.

A partir de eses día nos cruzamos con más frecuencia por la calle y sentía como medía mi evolución abdominal. Pero solamente nos decíamos adiós y sonreíamos de mentiras.

Ayer volví a compartir reyes y tapete y me refirió nuevamente la vida de su hermano el gordaco.

Tal vez por que ahora era yo el que sostenía unos duples altos le dije:

- ¿Sabes?, yo conservo un amigo desde crío y siempre estuvo muy delgado, pero cuando empezó a trabajar engordó muchísimo. Luego se echo novia y volvió a adelgazar, pero después del primer embarazo cogió otra vez la talla XXL. - tragué un buen sorbo de Cutty Sark, para repensar la continuación - ¿y sabes?... Tanto, flaco como delgado, era un capullo.

Esa tarde la partida la gane yo.






lunes, 11 de agosto de 2014


En ventanilla - siempre existirá  una ventanilla imaginaria - se repiten los papeles y las bocas, aunque cada uno arrastra su adn. La Seguridad Social  no nos deja entrar en la vida de nuestros clientes,  cada vez nos aleja más de ellos midiendo tiempos de espera y parapetándonos con ordenadores y servicios "hágaselo usted mismo si sabe"( y que llaman servicios "en linea"). Un día de estos cuando presenten una solicitud de subsidio de maternidad  preguntaré cómo le ha ido el parto, si le costó mucho quedar embarazada, cuánto pesó al nacer, por qué le ha puesto ese nombre tan extraño a la criatura  y esas cosas que se pueden hablar con descaro neutral en un tren o en un velatorio.
Esta mañana ha venido Carlos, un muchacho nacido en Murcia, con acento de allí y nervios en la manos. Me ha contado sus asuntos levemente, como cayéndose, me ha dicho que estuvo en un centro tres meses el año pasado, que es maestro melocotonero, que trabaja todos los días de la semana y que quiere otra oportunidad en su vida. Había mucha gente esperando, solo le he recogido sus solicitudes timbradas mientras imaginaba su historia, y pulsaba el timbre de que pase el siguiente.
Esta tarde sigo rosigando en su pasado.
¡Qué pena que no compartamos algún viaje o algún difunto!

sábado, 2 de agosto de 2014



Su marido se fue temprano, este fin de semana libraba de cafetería y se iba a Jerez con su moto reciente. Lola, Loli para su familia y algún espíritu en forma de niña, optó este año por esperar. Escuchaba como se preparaba el café y se mudaba a motero, respetando el pacto de ausencia de enfado, pero tampoco le salía la sonrisa en el guiño de los ojos.
Agustín entra al dormitorio para darle el beso de despedida, ese que te da o te quita remordimiento, la ve de espaldas, el cabello rubio y las uñas bicolor contrastan con la sábanas nuevas. Se acerca y, reclinándose con la rodilla apoyada en la cama, la besa suave y despacio, suficiente para no obligar al despertar - si no quiere-.
A Lola no le agrada la soledad de viernes a domingo, una soledad de disgusto gastado. Oye la puerta como se cierra dejando un suspiro por el pasillo. Es todavía de noche, aunque no tiene sueño no se levanta, es demasiado temprano para todo.  Mira por la ventana los destellos de las luces nocturnas y nota el silencio. Pero, un chasquido le hace prestar atención, escucha unos pasos en el pasillo, no ha sentido la llave, ni el abre/cierra de la puerta. Llama a su marido con voz limitada y desentonada. Son unos pasos apagados, sin disimulo pero sin eco, como si anduvieran cerca y lejos simultanemente.  La piel es la primera en intuir, se eriza, se prepara, un escalofrío hace que se arrebuje sin dejar de sujetar la almohada.
No es la primera vez, le viene la herencia de madre y padre.
Los pasos cesan. Ahora siente que la observan, la nuca está desprotegida. Cierra los ojos apretando los temores  y nota el corazón como se acelera, como golpea, casi en la garganta. Sigue quieta, más quieta.
Algo/alguien comienza a moverse. Se acerca, se tumba en la cama.  Solo piensa en no sentir el abrazo.
No hay nadie, no hay nadie, no hay nadie. Repite la letanía.
Pasa el tiempo, con esa lentitud eterna que se pronostica en el purgartorio.
Sabe que debe volverse, que se ha enfrentado en otras ocasiones a sensaciones similares y la única forma de poner el final es mirar cara a cara, de buscar otros ojos.  Pero en esta ocasión la presunción es mas fuerte y fría. ¿y si hoy es de otra manera?
A su padre tampoco le gusta ver sombras, es un destino del que no predica, pero lo acepta. Se promete en  contar de diez a cero y se vuelve.
Diez, nueve, ocho, respira, siete, seis, cinco, nota la mirada, cuatro, tres, sabe que está cerca, dos, uno... yaaaa.
Nadie.
Lo sabia.
Se levanta de un salto. Sin saber por qué  abre las ventanas y se escapa una ráfaga de aire.
No ha sido nada. Se toma un té y una tostada en la cocina, sin sentarse.
Alguien ha venido otra vez,¿ para qué engañarse?. Posiblemente en la  próxima  ocasión encuentre sus ojos.




sábado, 12 de julio de 2014


Estábamos sentados en la estrecha terraza de un bar de barrio recuperando el equilibrio de líquidos y temperatura después de una larga caminata en una tarde de julio.  Dos jarras frías y unas papas con mejillones eran suficientes para llenar la mesa. Ella echaba miradas al humo de un  cigarro cuando se fundía con  la penumbra del bordillo, yo suspiro, ¡llevo varios meses sin fumar de nuevo!. Conversamos de cosas, nuestras cosas o de otros, saludamos a un amigo rodeado de sus dos amigos y pedimos  otra ronda, ahora de vino y casera con hielo abundante. Se van encendiendo las farolas.

Un señor, con una delgadez caída, golpea suavemente la ventana del bar, acerca la cara ennegrecida a los cristales protegiéndose con la mano, a modo de visera, de los reflejos. Insiste sin nervios y se sienta en la mesa de al lado, quedando a mi espalda.
Me da la sensación que lleva algo en el hombro derecho.  El camarero sale y lo saluda por su nombre mientras le sirve una cerveza sin vaso.
 Nosotros a lo nuestro, comentando las fatigas y las alegrías de la vida. En algún silencio oigo que habla sin parar  y me pregunto susurrando si no venía solo.  Me vuelvo con un disimulo torcido y observo que  lleva en el hombro un periquito.

Sin querer evitarlo y faltando a la cortesía aprendida pongo oído a tramos de sus diálogos.

- Tú ten cuidado, que si no, ¡zas!, te hago el cuello y dejas de volar, sí, como te lo digo, sigue así y verás...
A pesar de las amenazas no había ira en las palabras y el periquito tampoco parecía asustado - tal vez esté ya acostumbrado -

Al poco pidió otra cerveza sin tapa y después de dos tragos, se levantó para ir al baño,  pasó con el periquito cogido con la mano derecha, andaba  como si fuera en la cubierta de un barco, siguiendo los golpes regulares de la reseca.

Al volver sigue su charla.

- ¿Quieres que te compre un patín? Si, como lo oyes, un patín, así vas tan chulo, y un casco también. Una moto no, que hace falta carnet y tú no tienes, ¿a qué no?...

No tardó en pedir la tercera cerveza y despedirse hasta mañana.

Yo al poco seguí su rutina.  Pagué las dos rondas y me despedí hasta otro día mientras acariciaba mi periquita.



miércoles, 2 de julio de 2014


Estamos sentados los cinco alrededor de una mesa, tomando ya la copa, la pequeña Isabel de Portugal nos da la espalda y el sol vespertino se reparte por igual entre las escaleras que conducen a la catedral y un establecimiento de máquinas tragaperras.
Debatimos sobre las papeletas sindicales que dentro de poco hay que volver a contar, sin ilusión, resignados a la ausencia. Siempre igual, la letanía de los recuerdos para intentar seguir.
Una paloma aletea con fuerza en el suelo, da vuelta sobre su cuello torcido que no levanta del suelo, no se pone en pie, lucha, bate con fuerza, se abandona bajo una mesa vacía de whiskys y seguimos buscando .
Un policía baja de su moto y entra en la casa de juego.
En cinco es imposible la paridad aunque  todos valgamos ya  por medio.
Un mendigo argentino y muy delgado nos pide fuego y misericordia, lleva manga larga - ¡con la que está cayendo! - y una botella disimulada en el bolsillo. Se sienta y se refresca, miran a un mundo que parece estar inmediato.

El policía sale de la casa de juego con el gesto torcido y el casco en la mano.
El camarero recoge cuidadosamente a la paloma en una bolsa de plástico.
Al mendigo ya no lo veo.
Yo me encamino al sur. Parece que la tarde ha terminado.