Hasta la séptima etapa apenas tomé notas ni escribí haikus en mi libreta de viaje. Lo poco que contaré será el recuerdo que me provoquen las fotografías de aquellos días.
¡Con qué facilidad se olvidan pasos y vivencias! Por consolarme, pensaré que se queda algún poso de cada paso en la piel.
Todo el recorrido es de subida, aunque con una pendiente suave. El camino discurrió por una cañada real y nos encontramos con la primera portilla de la Vía de la Plata.
Es una etapa corta, pero sin posibilidad de alargarla. Hay que llevar el almuerzo en la mochila. No hay ningún sitio en este recorrido para tomar un café.
Sí anoté que la etapa, aunque corta, me resultó con mayor dificultad de la esperada y tuvimos suerte con la temperatura: el cielo nublado y el viento fresco.
Cruzamos por parajes preciosos con multitud de colores, canto de pájaros y con muchos gazapos acechando nuestro caminar.
La casa estaba limpia, ¡ cómo los chorros del oro! y la señora que nos alojó, simpática y hacendosa.






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