viernes, 26 de septiembre de 2014

Andoni Moreta

El diecisiete de septiembre salíamos del albergue de San Marcos de  Palas de Rei, en nuestras botas pone el destino provisional, Arzúa, son algo más de veintinueve kilómetros en los que se mezclan el esfuerzo y la felicidad. La etapa se llena de hojas verdes y flechas amarillas, de lluvia y poesía y haikus.


cesa la lluvia,
al entrar en el bosque
olor a menta

Son los eucaliptos que desde sus copas altas rocían las mochilas. Podría contaros más cosas de robles y erizos verdes que cuelgan de los castaños, de caminos de piedra y golpes de barro, pero fue el encuentro de la tarde al visitar la iglesia de Santiago en Arzúa lo que quiero relataros.

Íbamos en sandalias de verano, soltando la pisada, a unos metros dos mendigos
en charla que se separan, uno se yergue en la puerta de la iglesia y el otro se aleja perdiendo la mano. Pasamos a su lado y nos saluda queriendo adivinar de donde venimos.

 - ¿A qué habéis empezado en Sarria? - la voz no lleva vino.

 -  No, en Roncenvalles - le miento -

- Pues sois los primeros que veo hoy que vienen de allí.

Entonces saca una copia gastada y arrugada de una primera página del Correo Gallego en la que se ve su fotografía  y un titular "Camina ocho mil kilómetros por una promesa a una estudiante en coma".

- Este de la foto soy yo - ¿lo dice satisfecho?

Miro la bandeja con las monedillas que rozan sus pies y a los ojos de Andoni, evaluando el peso de la verdad y de las limosnas, esperando la plegaria, pero solo hablamos, él más que yo. Dice que se despistó y una alumna suya autista se tiró por la ventana y entró en coma, que no pudo soportar la mirada de los padres al contárselo y que al poco dejó su casa y se echó a andar. Cuenta que sus padres ya murieron y que a su pareja le desea felicidad. Que desde entonces recorre los caminos de Santiago, todos, yendo, volviendo, quedándose. Que se quiere prejubilar, aunque le quede poca pensión, porque tiene cincuenta y nueve años y mucho tiempo cotizado - le dejo con su fantasía -

Hace mucho que no me siento ajeno a los mendigos, no sé muy bien porqué, tal vez sea una forma de entender la vida y los miro con la posibilidad de un reflejo.

Al salir de la iglesia le doy cinco eurillos por la historia y él me estrecha la mano.

Busco en internet y leo detenidamente la noticia, la fecha del periódico es de veintiséis de noviembre del dos mil ocho. El diario cuenta cosas que él calla,  que estaba casado, con tres hijos. Sigo investigando y en algún blog leo que está aliado con el vino, que ya no quiere andar más que está hasta los cojones del camino, que la niña se recuperó y que solo estuvo dos día en coma, que es un filósofo, que es un soñador, que es bueno, que es un cínico...

Sea lo que sea, me resulta tan triste su verdad como su mentira, todo repetido, atrapado en el tiempo y el camino.

¡Buen camino, Andoni!