viernes, 30 de diciembre de 2011

Ciprés




Es pronto para salir a pasear si estás de vacaciones. Me cruzo, apenas dejo mi portal, con un amigo y cuando me pregunta dónde voy, sin mentirle, no le contesto toda la verdad, le digo que necesito andar para deshacer los excesos de estos días navideños, luego recapacito, podría haberle contestado la verdad.  - Busco una nube para escribir un haiku y participar en un kukai. ¿Cómo suena?, ¿tú serías capaz de decirlo?. En ocasiones si dices la verdad te ves abocado a explicar parte de tu vida, qué no necesitas .Así empezó la mañana, dándole vueltas a esas pequeñas cosas que disimulamos.
 En apenas cinco minutos tomo el paseo de la carretera de Murcia y me distraigo con el fruto de invierno que cuelga de las ramas de  un cinamomo, le tiro varias  fotos y  sigo en busca de la inspiración, levanto la cabeza con esperanza  y contemplo como el cielo está pintado en azul, ¡completamente azul !, un azul soso, sin matices y sobre todo, sin nubes. Busco en todos los puntos cardinales, con detenimiento - un señor que pasa a mi lado también mira para arriba  y luego hacia mi de reojo y con  desconfianza - no vemos ni pájaros, ni aviones, ni nada. Cada uno sigue unos pasos. Tomo un camino que nace en la AB-20 y al kilómetro, más o menos, noto olor a quemado, me paro para averiguar de dónde proviene,busco humo, primero a mi alrededor luego extendiendo la mirada, al fin en un ciprés, a mi derecha, que parecía otoñado y ocre, lo que de verdad está es abrasado, con sus pequeñas piñas caídas en el suelo, a otro de al lado le sucede igual, incluso más,  parece mordisqueado por el fuego como un lapicero infantil. Levanto la mirada, el cielo sigue igual, se puede ver Chinchilla,  el horizonte se ve cubierto, pero no se aprecian nubes individuales e inspiradoras, el norte continúa raso.
Me siento sobre una piedra y saco la libreta para recordar el carbón que invade al tronco, el verdor de algunas hojas que pelean por vivir y unas cabezas de ajos  - que no sé qué pintan ahí -.

aún huele a humo
la piña del ciprés.
paseo sin nubes.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Cojeando





Las veo de cuando en cuando,  nunca pasan desapercibidas, deben ser madre e hija, son bajas, delgadas necesarias, discretas en la medida que el silencio se lo permite, siempre van cogidas del brazo, cojeando despacio de los dos pies, forzadas a no tener prisa, las ves venir y las pasas, en ocasiones parece que no llegarán. Siempre pienso que es la madre quien acompaña a la hija, no sé porqué. La cojera tal vez se deba a un problema de caderas, lo digo porque en mi familia se ha heredado algo similar, pero menos aparente, y aunque los médicos dicen que no es posible que pase de padres a hijos  llevamos tres generaciones donando las preocupaciones.
Hoy al tropezármelas he simulado cansancio y he dejado las bolsas en el suelo. Me ha venido bien el disimulo, traía demasiadas cosas de navidad,  marisco, velas, mantel, servilletas rojas, setas...
De reojo las seguía observando con ternura y curiosidad; se han parado, la hija se apoyaba en la pared con el hombro derecho para leer algún anuncio navideño y por primera vez las he visto iniciar la marcha separadas, cojeando de las dos piernas sin compás, sin cara de enfado, solo cansancio.
Me las he cruzado muchas veces y solo hoy he sentido una pena estúpida - la tristeza no soluciona nada -, es lo jodido de la navidad, vas todo el día cargado como un burro y encima te pones cursi.

Pasos cortos por la acera.
Hija y madre.

Vaciador



Vengo del vaciador, de afilar tijeras y cuchillos, servirán para cortar suavemente las coyunturas al cabrito en la cena de nochebuena.  Son las siete, a pesar de mirar al cielo no veo la luna, le toca posición de menguante. Sin ser necesario, de vuelta a casa,  busco el parque; observo como una señora se para de golpe antes de entrar, lleva las manos ocupadas con bolsas de época, está calibrando el miedo y la distancia, todo se ve demasiado oscuro, mis manos también van ocupadas, filos fríos y mantecados.
A pesar de mirar no encuentro  la luna;a los lados del paseo en el parque,   hojas de plátanos como estrellas en paro.

De los cuchillos
saltan chispas.
Cielo sin luna.

martes, 20 de diciembre de 2011

Parque


Las verjas que limitan el parque son tristes, un poco de naturaleza en la ciudad y ya son necesarias una hilera de lanzas para proteger los delitos que se embozan entre las sombras de los árboles y la Luna.
A su alrededor la gente anda a todas horas; por la mañana para mirar las copas de los refrescantes plátanos llenas de vida y de color;  por la tarde-noche  para contemplar su perfil más misterioso, como  las tapas del cuento de Hansel y Gretel.
El frío nocturno se encarga de entornar las puertas, y de procurar sosiego a las luces de la fuente, los focos están dispuestos a iluminar el agua, pero sin poder evitarlo, se pierden algunos destellos entre las ramas.
Antes de ponerme a dar vueltas, como un loco más,  paseo tranquilo cerca del templete.

Verja del parque.
Dan vueltas por la noche
los más gordos.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Sol de invierno


Cuando los primeros pasos se dan en la madrugada y el campo helado brilla con el Sol de invierno  y cruje el suelo y a las ramas deshojadas las miras más triste y dejas atrás el ruido metálico, entonces, tal vez entonces empiece el haibun.
 Varías la forma de mirar  y de  andar - en estado de alerta -  relajadamente pendiente y observas a las piedras que pisas, a las pequeñas flores blancas, a los árboles perennes que siguen abrigados, al cielo y al suelo, y buscas la sorpresa de reojo en lo poco y en lo mucho, sorpresa que es imposible atrapar si la esperas. Respiras, - varias veces -te relajas, recuerdas que es necesaria la humildad, y ahora solo pretendes disfrutar atentamente del resto de la ruta, admitiendo la derrota.

 Pero el tiempo también pasa cuando pierdes, concluyes el recorrido sin cansancio, regresas  a tu casa con la libretilla en blanc. Solo te queda, guardar la espiritualidad para el siguiente paseo y tomarte un vaso de vino con algo de penitencia, y... al cortar el pan lo manchas de tierra, y ... ¡huelen a tierra tus manos!, y al miradlas asombrado piensas que no están tan vacías como pensabas.

Sol de invierno. *
Al partir el pan
tierra en las manos.


*Título de un libro de haikus, a su vez tomado de un haiku  de Javinchi.