lunes, 21 de mayo de 2018




Han pasado años desde que fui a la última romería y comparo  ausencias en los nueve kilómetros que nos separan los recuerdos.

Del santuario sale la Virgen de los Remedios al son breve del himno nacional y, un chundarata  la acompaña en la primera subida de lágrimas, hasta la ermita de San Antón.

En  la mañana clarea el suelo, se cubre el camino  conforme se apartan las nubes. 

 Somos mucho, y me da, que la fe y los motivos que nos juntan, hoy y ayer,  siempre oscilan entre el folclore y el misticismo. Pero nadie pregunta y nadie sobra.

Los cinamomos han estirado y los “pan y quesillos” sombrean -de niños nos comíamos sus flores: ¡por dios!-.

En esta época abundan las amapolas  - ababoles – y las tierras rojean como banderas revolucionarias. A la derecha del arco de los poetas, destaca algo parecido a un girasol, pero dura poco, una chica  con su ikebana campero, lo arranca y nos desuela.

Con algo más de dos kilómetros andados llegamos al arco del término; apoyado en un árbol aguardamos el cambio de manto, la vara de mando terciada y los vivas almorzados. Nosotros, en estas esperas,  regamos las magdalenas con cuerva de vino blanco mientras  seguimos cruzándonos saludos y besos con: compañeros de trabajo; algún padre poeta de algún amigo  - Miguel -; alumnos; familia; clientes y desconocidos corteses.

Poco antes de entrar a La Roda - bajo el puente de la autovía -  la música y el jaleo suenan con un eco aumentado que nos apretuja y baila. Aquí nos desviamos.

Tal vez volvamos en veintiún días.

de romería,
la bota de mi padre
llena de cuerva

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