Cuando toma el café con leche, deja la cucharilla dentro para sentir su roce en la mejilla, dice que necesita besos, y se sonroja, lo consigue con la misma facilidad que da las gracias por todo.
Me extrañan, pero callo, sus ensayos de otros lenguajes en voces silenciosas. En sus argumentos de independencia se despeña la soledad entre las palabras.
Mientras sonríe, encorva mi estatura, y me habla y me cuenta las mismas cosas extrañas que cuando aún no era hombre. Las ideas innatas se quedan entre las tácticas de una poesía y un programa de póquer.
Ahí está, y sigue, compartiendo el frío de la mañana y la ausencia de guindas en la tarta de su abuela.
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