En el preciso momento que corro el estor anaranjado, para ver llover, arrecia el golpeteo de las gotas sobre los adoquines. Se adelanta el clima a la previsión - decía internet que un treinta por ciento a partir de las tres - son las once.
Dos árboles de Judea en su isleta, con sus hojas de corazones y vainas secas, contrastan sobre el gris piedra y el ruido del agua.
Al terminar el chaparrón queda un aroma íntimo de aloe vera premium y silencio. El calor de la taza con té de Ceilán, que podría templar unas manos frías, reposa sobre la mesa.
Obligado espero las horas; el siguiente chispeo tiene anunciada su llegada a las cinco. Quedan once minutos.
Hay mañanas que son solo tardes de otoño: tal vez influya la lluvia adelantada y el diazepam.
aguaviento,
en el árbol de Judea
brillan las vainas