miércoles, 2 de julio de 2014


Estamos sentados los cinco alrededor de una mesa, tomando ya la copa, la pequeña Isabel de Portugal nos da la espalda y el sol vespertino se reparte por igual entre las escaleras que conducen a la catedral y un establecimiento de máquinas tragaperras.
Debatimos sobre las papeletas sindicales que dentro de poco hay que volver a contar, sin ilusión, resignados a la ausencia. Siempre igual, la letanía de los recuerdos para intentar seguir.
Una paloma aletea con fuerza en el suelo, da vuelta sobre su cuello torcido que no levanta del suelo, no se pone en pie, lucha, bate con fuerza, se abandona bajo una mesa vacía de whiskys y seguimos buscando .
Un policía baja de su moto y entra en la casa de juego.
En cinco es imposible la paridad aunque  todos valgamos ya  por medio.
Un mendigo argentino y muy delgado nos pide fuego y misericordia, lleva manga larga - ¡con la que está cayendo! - y una botella disimulada en el bolsillo. Se sienta y se refresca, miran a un mundo que parece estar inmediato.

El policía sale de la casa de juego con el gesto torcido y el casco en la mano.
El camarero recoge cuidadosamente a la paloma en una bolsa de plástico.
Al mendigo ya no lo veo.
Yo me encamino al sur. Parece que la tarde ha terminado.



martes, 24 de junio de 2014


Ando por la calle del Ángel, aprovecho diez minutos del tiempo destinado al desayuno en comprar unas naranjas para prepararme al mediodía una  ensalada de verano. Y vuelvo a estar sentado delante del público, repitiendo respuestas que, a fuerza de oír las mismas preguntas, son las únicas que espero. Entre los consecutivos  número 216 y el 413 (cosas de mi trabajo) recuerdo los diez minutos paseados.  (Recordar es volver a pasar los sucedido por el corazón).
He visto una viejecilla empujando, su vacía silla de ruedas mientras le daba el sol en los ojos claros y charlaba muy lentamente  con su acompañante- una sudamericana entradita en hambres- . En la esquina con la calle Ávila,tres gitanos jóvenes ocupan la acera con varias cajas de ajos exentos de iva y medidas, un hombre se para y mira, mira solo para pensar y sigue. La frutería a la que voy enseña, un paso más allá de ella misma, los melocotones y las cerezas, dentro, una señora con su niña y su marido ajeno terminan la compra con un pimiento mitad verde mitad rojo. Y vuelvo, y veo fumar en la ventana a un hombre, mayor y simpático, que le dicen "gorila" porque llama él así a todo el mundo. Me contó, en un café, que en su piso guarda a su nieto que porta una enfermedad de las que le obliga a rezar, soñar, luchar, mendigar y llevar camisetas.
La silla de ruedas ahora va más rápida y silente. El ceda el paso de Cristobal Lozano es solo una posibilidad. Alguien, aparcado en la zona azul lucha con la nueva máquina expendedora de tiques.
Se sienta el 413 y me da tiempo a pensar antes de repetirme. ¿Por qué recuerdo esos diez minutos?

viernes, 13 de junio de 2014



Me levanté de la mesa y le di un beso sonoro a mi hija.

Estábamos tomando en la terraza de Ópalo, una cafetería con tres sillas sentadas en forma de esquina. Charlábamos mientras presentábamos sonrisas nuevas, almas y ojos. Con Carmen da gusto hablar porque siempre le pasan cosas que sabe que le pasan y las cuenta fácil y esperando. Y en eso íbamos, comentando los vaivenes de los amigos, los desamores respetuosos de cada cual, la pobreza tendida en las  esquinas,  de como  en  la noche de ayer que me fui a Madrid a las 4 de la mañana y que me encontré a un marroquí durmiendo en un cajero del BBV - qué ironía tan repetida- , y esas cosas de la vida. Entonces recordó, como una tarde de viernes, al mendigo que siempre daba los buenos días en la puerta del super "La despensa", su amiga Ali y ella, le prepararon unos espaguetis.
 Me levanté de la mesa para darle un sonoro beso y seguimos hablando, otro rato más, con la sonrisa manchada de tomate.


jueves, 29 de mayo de 2014



No la conocía. Es una mujer algo mayor que yo, dos o tres años, - vi su dni -, guardaba la cita, numerada y puntual, entre las dos manos, jugando.
Cita, suena romántico, es una palabra con expectativa, por eso la administración la hace redundante, cita previa, es  solo  para que nadie se cree ilusiones.
Sigo. Le tocó el turno. La "cita previa" estaba prevista a la doce y veinte. Todo perfecto.
Saca la solicitud limpiamente de una carpeta y me la entrega inmaculada, casi, solo relleno el campo del número de banco y la firma del cónyuge. La miro evaluando.  Sin preguntarle se explica diciendo que no lo ha puesto nada para no equivocarse. La vuelvo a mirar. La mañana es tranquila. La lluvia retiene a nuestros clientes necesarios en sus casas.
Comienzo.Apellidos del solicitante, nombre, teléfono de contacto, dirección, trabaja o no, dónde... es muy sencillo. Me cuenta que no trabaja y que no busca - da la impresión de ir sobrada - pero enseguida aclara . que su hija la necesita cada vez más.  Prosigo. Datos del padre, estado civil ...
La niña tiene un sesenta y seis por ciento de minusvalía, el certificado que lo acredita es reciente, de la semana pasada, en la foto del dni,  que compruebo, debe de tener unos doce años, estará expedido hace unos cuatro. Es de piel y pelo moreno, con el pelo corto, con una sonrisa indirecta y con rasgos ondulados y maternos. Por un instante intento adivinar su historia.
Llegamos a los datos bancarios, le pregunto para comprobar si está incluido la solicitante - ella -. No lo sabe, la cuenta la abrió su marido hace unos años, cuando vieron que su hija empezaba a ir mal, está cada vez peor, es una enfermedad degenerativa, me explica. Silencio. Baja la mirada para proteger sus sentimiento, pero se salen por la mirada y se echa a llorar.
 Esas lágrimas que se quieren seguir guardando son la más saladas, las más lentas, las más desesperadas, tristes, solidarias, rabiosas, apenadas, maternales, impotentes, comunicativas, labran surcos.
La mesa nos separa, no debo levantarme y abrazarla, ni llorar con ella. Me espero a que se calme y que recoja las lágrimas a su paso. Le cuento algo de la carta que va a recibir y no se qué más para excusar las penas. Ya está todo el trámite resuelto.
Se fue, hoy me he dado cuenta de que se dejó alguna pena entre sus papeles administrativos.

domingo, 4 de mayo de 2014



Estoy sano, esta temprana mañana de domingo no me duele nada, ayer tampoco. Anduve un par de horas a buen ritmo entre la tierra seca del verano, los almendros sin flor y las amapolas - con sus pétalos toreros - . Mi salud es la ausencia,  ausencia de quejas murmuradas y silencios serios, de rastros de espinas en la voz, de toxinas en la digestión y pañuelos en los bolsillos.
Estoy feliz, sí, feliz. Me duermo a la primera vuelta de almohada y me despierto fácil, mirando  las arrugas de un espejo alquilado. He aprendido a asumir la libertad de los demás, su destino, la distancia..
Estoy sano, ¡bueno!, tal vez me sobre algún kilo.
Estoy feliz, aunque tal vez me falte algún beso.

lunes, 21 de abril de 2014

Jeff Goldblum

Se le daba un aire a Jeff Goldblum, la tez morena como si fuera de Azerbaiyán, aunque es del sur, de un sur renegado, sin faralaes y con viento voluntario de levante - cada cual elige su nación -. Iba de la mano, escondiéndola con descaro y alegría, entre algún beso,  hablaba mucho, inventando  chistes y risas y,  de cuando en cuando, callaba para no ser muy del sur.

En un momento, todos salieron a fumar, nos quedamos los dos desconociéndonos  en la barra.
 - ¿Entonces has viajado mucho?
- Sí, a los diecisiete años me alisté en la marina, lo más lejos que pude de mi casa.
- ¿Y eso?.
- Mi padre falleció cuando yo tenía trece años, de una manera poco convencional - silencio, se le enjuta la cara y palidece hacia el amarillo - se suicidó y culpé de eso a mi madre, ella tuvo culpa - me lo dijo con suficiente dolor como para terminar una conversación, pero siguió - tengo cuatro hermanos más pero no se nada de ellos - silencio para recordar- después he dado muchas vueltas, tengo hijos pero como si no tuviera, ahora me voy para Rusia a trabajar, no quiero vender drogas - retoma su rostro de Jeff G.
Cuando no se puede hablar se bebe, pero el whisky que me quedaba no era suficiente. Recordé unos versos de Bukowski, " whisky y cerveza/la sangre de un cobarde" y me refugié en el agua salada que deja el hielo de poca calidad en el fondo del vaso, sabía a lágrimas.
Tenía los ojos como Jeff G., algo más locos, vivos, buscando, mirando, como si adivinara a su padre en los  los espejos del bar.
 Era la noche del domingo de resurrección.
Hoy, después de ser feliz, he pensado en él.

domingo, 6 de abril de 2014

Arroz con leche



Es tradición, el domingo, la mesa en casa de mis padres se llena de variedad de pequeños platos deliciosos. Ahora solo voy a recordar  el postre: tarta de chocolate, cruasanes de chocolate y originales bolitas de plátano y chocolate (aportación de mi hija), arroz con leche de mi madre.

- Madre, ¿cómo es la receta del arroz con leche? Dímelo con medidas que voy a intentar prepararlo.
- Muy fácil. Te lo digo con medidas, para que te apañes.
- ¡No te va a salir igual! - apostilla mi hermana Carmen con rapidez.
- Apunta. El arroz de una taza de café lo pones en agua y le añades...
- ¿Una taza de café, cómo de grande?- le interrumpo enseguida.
- Normal. Una taza normal.
- ¿Pero grande?
Se levanta con paciencia apoyando la mano en la mesa camilla, va a la cocina y vuelve con una taza.
- Cómo esta.
- Vale.
- Se pone en agua con una pizca de sal.
- ¿Cuánto es una pizca?
- La punta de una cucharilla.
- Bien, no es necesario que te levantes a enseñarme la cucharilla.- sonreímos -
- Se tiene unas dos horas en agua y después se tira el agua. Pero si queda una poca tampoco pasa nada.
- Espera que lo apunte todo.
- Cuatro tazas de leche fría, una corteza de limón y cuatro cucharadas de azúcar.
- ¿Cómo la taza?, ¿cómo las cucharas?
 Mira la taza que ha traído y entiendo la medida.
- Las cucharas soperas. Tú, qué esté dulcecico.
- ¿Dulcecico? ¿Eso es una medida?- intento reprocharle, pero mi pequeña pulla pasa desapercibida, mi madre sigue.
- Se pone a fuego lento y que no se pase el arroz.
- ¿Cuánto tiempo?
- No te va a salir igual - murmura mi hermana -
- Qué no se pase. ¡Qué te voy a decir! Diez o doce minutos.
- Agradezco una medida convencional. - Le da igual mi comentario, sigue.
- En la cuarta taza de leche se le añade una yema, que se cuela, se echa sobre el arroz que ya está fuera del fuego. Se pone otra vez a fuego lento y cuando ves que está trabado  ya está.
¿A qué es sencilla?. Ah, y si te sale un poco seca le añades leche. La que admita.

 -¿La que admita? La miro fijamente. No se si atisbo alguna picardía en sus pequeños ojos.

- No te va a salir igual. - repite mi hermana con seguridad -

A ella también la miro. Y lo sé, sé que no me va a salir igual. Y si algún valiente que lea esta receta la prepara le diré… en efecto, eso  es... - ¡No te va a salir igual!


p.d. Se me olvida. Si la preferís  con canela se le añade al final. ¿Cuánta?, depende, puede ser al gusto o la que admita.  :)